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Juliana y Alberto | Testimonio Familiar

Juliana, comerciante, 45 años – Esposa de Alberto, contador, 56 años, con diagnóstico de Ca. Colon.

2 hijos, mujer de 13 y varón de 11 años.

 Unos años atrás mi marido comenzó a sentirse mal, tenía bastante dolor de estómago y  vómitos. En un principio creímos que se debía a su alimentación, porque era de comer mucho frito y alimentos grasosos y desde tiempo atrás no hacía mucho ejercicio. Antes caminaba e iba cada tanto al gimnasio, pero cuando las cosas empezaron a complicarse en la empresa, dejó esas actividades y empezó a estar muchas horas más dedicado a su trabajo. Comía a deshora y lo que podía. Le preocupaba mucho que cerraran el lugar y la posibilidad de estar desocupado en un futuro, lo ponía muy ansioso e irritable. Discutimos sobre esto varias veces, especialmente porque como yo andaba bien con mi negocio y pensaba en abrir otro local, le había sugerido la idea que él se ocupara del nuevo lugar. No le gustaba la idea. Creo que lo consideraba un fracaso en el desarrollo de su profesión. Para colmo mi suegro, también contador, trabajó hasta que se jubiló y no veía con buenos ojos que dejara la profesión. La situación se tornó muy estresante cuando a mi cuñada, ingeniera, no le renovaron su contrato y se quedó sin ingresos, teniendo que volver a vivir con ellos.  

Esto a Alberto lo puso más nervioso y los vómitos continuaban y además comenzó a tener estreñimiento. Viendo que la dieta que empezó a hacer no daba resultado, decidió a hacer una consulta médica. El clínico, después de escucharlo, le comentó que tal vez no era gástrico sino intestinal. Indicó unos estudios que, por medio de la prepaga, se hicieron rápidamente. Cuando estuvieron los resultados el doctor lo derivó a un especialista para tener una segunda opinión. Si bien esto era lo correcto, no evitó que nos aumentara la ansiedad y había preocupación en nuestra familia.  

El nuevo médico le hizo ese mismo día un tacto rectal, lo que le costó mucho a Alberto manejarlo. Habló de un probable pólipo y que para asegurarse había que hacer una video colonoscopia. A esta altura la tensión y preocupación eran considerables, mucho fastidio y enojos que se producían por casi cualquier cosa. Igual, nada nos preparó para la noticia que seguiría.

Días después, el medico nos citó a ambos y trato de ser cauteloso con el resultado, pero finalmente nos los comunicó; era cáncer. A Alberto, lo movió mucho la noticia, pero hizo un esfuerzo para mantenerse racional y enseguida preguntó si era factible operar, a lo cual el médico le respondió que sí y acto seguido lo derivó a un cirujano para que sacara turno para verlo y operarse. A mí me cayó como una bomba atómica. Lloré mucho en la vuelta a casa y me sentía confundida, enojada y hasta culpable porque sentía que encima de todo lo cargaba más a él. Tardamos más de 2 horas en llegar. A los chicos no les dijimos casi nada, solo que tenía que operarse porque se había enfermado de los intestinos. Los pocos días que pasaron hasta que se hizo la operación no los recuerdo bien. Me parecía estar como en una nebulosa, inclusive hubo varios días que fui muy tarde a mi negocio, y si no fuera por mi empleada, no hubiera vendido nada. A mis padres y mi hermano no les comunicamos casi nada, pero mi mamá me vio mal y sin preguntar demasiado, se dio cuenta que era más importante que como queríamos hacerlo parecer, y extrañamente me hizo mención de hacer una consulta psicológica. En aquel momento me pareció una sugerencia que poco tenía que ver, pero hoy mirando hacia atrás, reconozco que me hubiera venido bien, a ambos creo. Seguramente hubiera hecho menos insufrible todo lo que pasamos.

 El día de la operación, aunque confiábamos en el médico, la ansiedad por que todo terminara nos consumía, especialmente a mí. Entró a horario, pero cuando empezó a pasar el tiempo que nos habían dicho y no salía, me preocupé aún más. Al final salió el médico y me comentó que la operación había resultado bien, pero que tuvieron que hacerle una colostomía. Si bien era una de las posibilidades que en su momento nos había comentado, ambos creímos que no iba a ser necesaria. Debe haber visto mi expresión de  turbación, ya que enseguida me comentó que después íbamos a hablar acerca de los cuidados que había que tener con eso y la limpieza.

Cuando lo dieron de alta de la clínica y regreso a casa, la cuestión empeoró. Estaba inestable, por momentos molesto, deprimido y enojado. Yo, por mi lado, llegué a un punto donde parecía que todo iba a superarme. Ahí fue cuando consulté a un profesional de la salud mental, quien me  fue recomendado por una amiga que también había tenido un familiar con cáncer.

Me enteré en ese momento que existía esta orientación en Psicooncología para pacientes y familiares. Pude hablar sobre todo lo que me sucedía, y ver que hacía con eso. Inclusive en varias sesiones lloré y dejé salir los pensamientos que tenía acerca del futuro de mi marido y de mi familia.

Aprendí a no adelantarme demasiado a los tiempos, a no dejarme dominar por la ansiedad y también a distinguir mis propios miedos. Me sorprendió descubrir que detrás de todo lo doloroso y complejo del cáncer de mi esposo, se encontraban cosas mías de mi propia historia y de mi actualidad como mujer, esposa y madre. En varias ocasiones lo vi a mi esposo muy apesadumbrado y hasta sollozando por lo que le pasaba y supe contenerlo, pero también cuidando algo de mi propio espacio personal. Acompañar, contener, atender, pero sin creer que podía ser co-protagonista de la enfermedad, como me repitió el licenciado muchas veces. Estar al lado del ser querido, no en el lugar de este, porque eso es imposible.

Producto de la situación se pudieron reacomodar varias tareas en mi casa. Parte de la familia se adaptó y estuvo, como mi madre y mi hermano, quien me sorprendió por su prudencia y flexibilidad para acompañar en cosas que antes ni me hubiera imaginado. Paradójicamente, o al menos así me pareció, la familia (de origen) de mi esposo no estuvo tan predispuesta a intervenir en todo esto. Se mantenían comunicados, pero venían muy de vez en cuando y no se ofrecían demasiado. Esto me provocó tristeza por él, porque se daba cuenta de esto, pero luego pude entender que todos tenemos límites y que si surgen situaciones que los ponen a prueba, muchos desisten y no pueden superarlo. Con todo, estas situaciones de crisis y las respuestas que se dan, van marcando en todos, puntos de quiebre y luego ya no es lo mismo, tanto en un sentido como en otro. Frente a mi insistencia, él también fue a consultar a un psicólogo, y comenzó su propio tratamiento.

Un año y meses más tarde, le retiraron la bolsa a Alberto y para él  fue un gran alivio. Se sintió como renacer. Yo recuerdo aquel día, como un momento muy alegre y alentador, el primero luego de muchos sinsabores.  Unas semanas después estaba viendo, dentro de mi espacio psicoterapéutico, como poder vivir esa alegría plenamente, pero sin caer en euforia ni en creer que ya estaba todo resuelto.

Tiempo después culminó mi tratamiento como familiar y tenía la opción de proseguir en un esquema más propio y diferente, enfocado directamente sobre mis temas íntimos, sobre mi historia, o no hacerlo. Elegí seguir porque cuando se descubren características y emociones de una misma que no son tan primorosas es un momento dificilísimo, como un golpe fuerte, y dado que estaba ya en ese proceso, continuar para hallar las alternativas de cambios y de nuevas variantes, me pareció una forma de “ganarle” a todo esa conmoción que surgió con el cáncer de Alberto.

Podría decir muchas cosas más de mi tratamiento, pero debo ser breve. Lo que me quedó claro, es que probablemente hubiera sido menos doloroso todo el atravesamiento por la enfermedad si hubiera comenzado antes mis encuentros de terapia psicooncológica, y tal vez en mi vida en general.

 

Juliana R 

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NOTA: El testimonio expuesto aquí corresponde a una paciente en tratamiento, con su correspondiente historia clínica. Sin embargo su nombre y ciertos datos han sido alterados en orden a respetar su privacidad.

 

 

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