menu-top

De Ayer a Hoy: El Impacto de los cambios sociales en la temática de Género

En términos de la historia acerca de la evolución del lugar de la mujer en el marco social, el siglo 20 constituyó, sin duda alguna, una bisagra. Comenzando por el acceso universal al voto, en los países centrales del mundo occidental, y continuando con la apertura de mayores posibilidades de vacantes en los claustros universitarios. Estos hechos dan inicio a la reformulación de la representación de la mujer dentro del imaginario colectivo, más aún si se considera, que unas décadas atrás, durante el siglo 19 (y desde mucho antes) su rol primario y excluyente, en tanto quisiera ser reconocida y admitida, consistía en la pronta asunción de la maternidad y el cuidado del hogar, siempre constituido con un hombre, realizando las tareas de “ama de casa”. Nominación que circunscribía sus “dominios naturales”, quedando el marco de actuación social y política, prácticamente en exclusividad  para el varón. Las excepciones a este lugar “decente, de toda mujer”, la constituía el par de opuestos reina/princesa vs. bruja/ prostituta (“mujer de mala vida”). Este personaje de la prostituta, llamado “el oficio más antiguo del mundo”, revelaba aquello que permanecía en términos de lo invariable en tanto asignación de espacios a la mujer; si no eras noble (que estaban a medio camino entre Dios y la humanidad), ni madre y esposa, entonces eras una “cualquiera” (utilizado como sinónimo de prostituta), ya que no tenías un lugar al lado de algún hombre. Eras una “mujer de la calle”.

El poder económico, el trabajo, las profesiones tituladas, la literatura, las decisiones que habilitaran guerras o asignaran prioridades estructurales, es decir la política en general, le pertenecía al hombre. La mujer aparecía dentro de la comitiva que iba siempre detrás de “él”, certero protagonista central, de quien se dependía absolutamente.

En verdad, durante los primeros movimientos migratorios, hacia América Latina en general, y la Argentina en particular, no figuraban específicamente en los registros, sino en calidad de “acompañante” (“la Sra. de”). Las cifras con las cuales se armaban los informes que daban cuenta de la entrada de inmigrantes dentro del territorio nacional reflejaban mayormente la cantidad de hombres que llegaban al territorio argentino.

Otro hecho que aportó el siglo  20 y que terminaría influenciando notoriamente al constructo  cultural de las sociedades fue el desarrollo intensivo y rápido de las comunicaciones. De la carta escrita cuyo tiempo de arribo no podía fijarse con claridad y el antiguo periódico (en muchas ocasiones semanal) al teléfono y la multiplicidad de periódicos de tirada diaria (por eso el nombre de “diario”). Tiempo después la radio, como método transmisión más veloz de noticias y discursos de los gobernantes, se expandió mediante un uso diferente pero complementario, como instrumento de entretenimiento. Armando un tándem poderoso al lado del cine naciente, arbitraron un giro veloz en los estilos de eventos placenteros sociales, de reuniones entre individuos. Hasta aquella época los momentos y lugares de encuentro les pertenecían con exclusividad a los hombres, a partir de aquí las mujeres comienzan a ser incorporadas, tanto sea como escuchas así como asistentes directas, incrementando su participación social, más allá de los clásicos salones de baile. El cine expone a ambos sujetos, tanto al hombre como a la mujer, construyendo categorías distintas. Si bien la relación del cine con la mujer, al igual que su heredera directa, la televisión, ha sido siempre dual y contradictoria, su masividad la pone en “cartel” permanentemente, avalando la salida de la  tradicional imagen del ámbito hogareño. Nuevas “jurisdicciones” adquiridas, en donde el espacio público nocturno ya no sería solo masculino ni de las llamadas “mujeres de mala vida”.

Cine y televisión instalan en el contexto colectivo a una mujer con otras habilidades y preocupaciones no solo hogareñas, con alguna performance en ciertos actos de valentía, y con propiedad sobre un territorio social distintivo, así como signataria de un cuerpo y sexualidad particular (sobre este punto ya el psicoanálisis había hecho su aporte unas décadas atrás); “el cuerpo femenino deseado, temido y controlado” como lo expresa la Lic. Fernanda Trezza (1).

La aparición de mujeres en el contexto de la política, como referentes de movimientos masivos conformó el paso siguiente, siendo la Argentina puntal en aquellos tiempos con la presencia convocante de un personaje que dejaría una impronta histórica fundamental en nuestra sociedad, y que perdura hasta el día de hoy, Eva Perón. Proveniente del cine, su vocación política (continuando aquello generado por Alicia Moreau de Justo) le era propia, pero surge y se plasma al lado de un hombre, J.D.Peron. Sin embargo el ascenso individual que adquirió su figura, implementando los medios para la participación de todas las mujeres en todos los ámbitos y estratos sociales, otorgó el punto de partida fundacional en cuanto a legitimar la injerencia femenina en la planificación y ejecución de políticas de estado. En muy pocos años promovió cambios cardinales creando fundaciones con capacidad de acción social, lugares de albergue para la mujer sola y/o con niños, dirimiendo por su cuenta el otorgamiento de subsidios, habilitando la entrada al parlamento de varios grupos de mujeres, dirigiendo a los representantes sindicales masculinos, etc. Su lugar como icono de cambio del rol de la mujer en la construcción de una sociedad más justa, se terminaría afianzando en torno a su temprana muerte y sin que hubiera atravesado la experiencia de la maternidad. A ello se agregó el hecho que nunca hubo manifestado lamento o remordimiento alguno por no ser madre, sino una sentida aflicción debido a la imposibilidad de continuar transformando la estructura de clases. Tal vez desde este ángulo pueda entenderse un poco más porque su figura resulta, aun hoy, blanco de sentimientos y emociones tan ambivalentes.

Contemporáneamente  a la incursión dentro del espacio político, y durante el contexto de la Segunda Guerra Mundial, ante la ausencia de hombres que peleaban en los distintos frentes de conflicto, la mujer fue incorporada formalmente al mercado laboral. Movimiento paulatino en primera instancia, para luego convertirse en masivo, que se plasmó con intensidad en todos los países protagonistas de la contienda, con énfasis en Europa por ser el epicentro del escenario bélico. Este desplazamiento implicó el comienzo de consolidación de un nuevo lugar representativo, que habría de tornarse irreversible, constituyéndose como un peldaño fundamental ante los tiempos que acontecerían. Como resultado directo en 1948, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, reconoció en ese acto la igualdad entre hombres y mujeres como base para su cumplimiento.

La década del 60 fue un período de profundo cuestionamiento ideológico a los modelos políticos y económicos imperantes en los países centrales del mundo occidental. Años de vasta producción intelectual, siendo uno de sus ejes la denuncia al abuso de poder imperante, a partir de los métodos de dominación violenta. Se tratase tanto de países, los más poderosos contra los otros menores, ejercida directamente a través de la guerra (Conflicto de Vietnam-Guerra en Medio Oriente) o con medidas de sanción comercial (Cuba), como de grupos poblacionales minoritarios, segregados dentro de los propios territorios (negros, homosexuales),  ya en los EEUU como en la Europa occidental y sus países aliados. La impronta fuertemente activa de esta reivindicación social de las minorías, que a su vez no poseían representación política con la que  identificarse dentro de las esferas del poder, arrastró un inquietante replanteo acerca del lugar de la mujer en general,  y en particular, en derredor del derecho al ejercicio de su sexualidad ya como fuente genuina de placer y no al servicio exclusivo de la reproducción; “una herencia que arrastran las mujeres, la herencia de agradar a los demás, de SER en tanto son elegidas por un hombre, aun cuando ni siquiera les guste quien las elige…”. (2)

Este perceptible actor social, comenzó a plantear denuncias de maltrato y discriminación, tanto en el recinto del hogar como en el afuera del mismo, especialmente en el ámbito laboral. En respuesta a una estructura de poder que no modificaba antiguos procesos, surgieron varias agrupaciones feministas que, mediante acciones conjuntas, lograron a comienzos de los 70, establecer por primera vez límites reglamentados a través de la promulgación de normativas específicas. El momento que llama Alba Alvarez de la “igualdad real o de facto”;  “en la década del 70 se produjo una ampliación muy notable de la normativa que garantizaba la igualdad de trato con respecto a los hombres” (3). Puntualiza sobre esta época Naciones Unidas; “…comienza a tomar visibilidad la cuestión de las mujeres como actores excluidos de los procesos de desarrollo nacional y global, enfoque denominado “Mujeres en el Desarrollo” –MED–”(“Desafíos para la igualdad de género en la Argentina”- 2008) (4)

Los 80 buscaron plasmar en acciones específicas aquella orientación de igualdad fáctica. Agrega el informe de N.U. previamente citado; “durante la década de los 80, surge una nueva perspectiva denominada “Género en el desarrollo” (GED). Su diferencia respecto al enfoque MED reside en que reconoce que los problemas de las mujeres no se originaban per se, sino que eran el resultado de determinada organización social y cultural, que otorgaba mayor autonomía y participación política y social a los hombres, lo cual conducía, entonces, a la construcción de relaciones sociales de género atravesadas por jerarquías”. (5)

El pasaje del enfoque setentista al nuevo paradigma, donde se introduce por primera vez la noción de género, se produjo a partir de la aprobación en 1979, por parte de las Naciones Unidas, de la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (popularizada como CEDAW por su sigla en inglés). Este documento pretendió ampliar la efectividad de la Declaraciónde DD.HH. de 1948, ya que tuvo como objeto puntualizar acerca de las  disposiciones para alcanzar la igualdad entre los hombres y las mujeres en distintas esferas sociales. Sus postulados abarcaron áreas importantísimas, como salud, educación, justicia, trabajo y participación política, describiendo las medidas necesarias para eliminar la discriminación basada en el género.

“Producto del importante avance académico y político que cuestionó las diferencias de género en la sociedad,esta Convención reconoció tanto la especificidad de las mujeres en relación con diferencias corporales –por eso, otorga status vinculante a la necesidad de que reciban información y atención relativa a su función reproductiva–, como las desigualdades producidas por pautas culturales que atraviesan las instituciones sociales con imágenes estereotipadas y jerárquicas, y que se filtran hacia los sistemas de la órbita escolar, sanitario, laboral, judicial, familiar y político. Al adscribir a la CEDAW, los estados-parte asumen como injusticia la disparidad de género y se comprometen a otorgar un trato igualitario a hombres y mujeres, a sancionar cualquier tipo de práctica que perpetúe esta desigualdad, y a promover medidas transitorias de “acción afirmativa” para modificar las asimetrías en el ejercicio pleno de derechos”, amplía Naciones Unidas. (6)

Esta primera aproximación a la cuestión de género, se refería básicamente al mundo femenino. Daba la idea de algo “general” que implicaba el imaginario de la mujer, tanto el que ella representaba para sí misma, como el que los hombres, y la sociedad en general esperaba de ellas. Las denuncias sobre las construcciones culturales de “mujer objeto” como referencia sexual directa sobre la estética femenina complicaba el ascenso de la mujer a puestos de mayor importancia en empresas u organizaciones en general, y los problemas de acoso que empezaban a ser frecuentes dentro de las mismas. En relación a América Latina fue la época de la promulgación, en muchos países de leyes de divorcio más acordes a los tiempos que corrían, mientras que en las naciones llamadas centrales, el incremento de las tasas de separaciones conyugales se hacía constante. Las acciones específicas recomendadas por Naciones Unidas se implementaban aleatoriamente, sin obligatoriedad legal.

En refuerzo de estas actitudes discriminatorias que persistían, apareció en escena, dentro de los países desarrollados, el virus del HIV, involucrando especialmente a una de las minorías, los homosexuales. Altamente mortal y degradante de la condición humana, fue conformando imaginarios colectivos terribles, que invitaban a la segregación permanente. Alteración de las costumbres sexuales sociales que venían en un proceso creciente de liberación e iban alcanzando cierta “naturalización” en términos de los contactos placenteros entre sujetos (con excepción de los países gobernados por dictaduras militares). La mayoría de los hombres corría serio riesgo de contraer el virus y desarrollar la enfermedad (SIDA), para luego morir. En un principio se pensó que una porción importante de las mujeres resultaban en transmisoras únicamente, muchas de ellas inmunes, sin riesgo de contraer la enfermedad, pero luego se dio por tierra con esta mirada. Mientras tanto se reactivó la conocida “necesidad de control”, enmascarada en una problemática de salud general, contribuyendo a resituar al otro, al desconocido y potencial partenaire sexual, ya no como promotor/a de placer sino como un/a probable agresor/a o emisario/a de un factible peligro mortal. La dualidad siempre presente entre el placer y la muerte parecía encarnarse diariamente, ahora Eros y Tanatos luchaban “cuerpo a cuerpo” todos los días. El desconocimiento que rodeaba (y aún persiste) el origen del virus contribuyó a la reafirmación de los prejuicios, la injerencia del estado (o mejor dicho de las estructuras de poder insertadas en el) en las costumbres personales y privadas, promovió en cierta manera la reactivación de las alicaídas religiones judeo-cristianas y giró el eje de la cuestión en torno a la supervivencia, “re-encauzando” el placer  dentro del tradicional sistema monogámico.

Hubo que esperar la aparición de la segunda generación de antirretrovirales (proteasa / transcriptasa reversa) ya en mediados de los 90 para hallar un cierto alivio a esta andanada de instancias persecutorias.

Contemporáneamente tienen lugar una serie de encuentros internacionales, cuyo punto de inicio dentro de Latinoamérica podría situarse en 1994 en Belén, Brasil, que buscaron resignificar el lugar de la mujer y ampliar la noción de género;  “… el conjunto de conferencias y cumbres mundiales de las Naciones Unidas, como las conferencias de Viena, de Beijing y El Cairo, contribuyeron a comprender que la igualdad entre la mujer y el hombre, así como la no discriminación de las mujeres en el disfrute y ejercicio de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, no son resultado automático de la promoción y protección de los derechos humanos sino que requieren acciones específicas”. (7) Estas medidas ahora integradas dentro una planificación estratégica dentro de las políticas de estado, llamado Mainstreaming o Transversalización de la Perspectiva de Género; “… estos acuerdos internacionales señalan una hoja de ruta para la transversalización del enfoque de género en políticas sectoriales que atiendan las particularidades de cada contexto”.(8) Las políticas de estos comienzos se caracterizaron, como lo llama Alba Alvarez (9) en la conformación  de un Mainstreaming burocrático o de establecimiento de agenda. Si bien la noción de género aun rodeaba básicamente el mundo femenino, ya que el eje estaba puesto en la Violencia (mayormente domestica) y la discriminación laboral (y de representación política) de las que eran objeto las mujeres, el constructo mencionado comienza a tener una ampliación hacia la inclusión de minorías, en tanto se inserta dentro de la concepción de los derechos humanos. La aprobación del Tratado de Amsterdam en 1997, que prohíbe explícitamente toda acción que pueda involucrar discriminación en cuanto al sexo, edad, orientación sexual, etnia, discapacidad o religión, “formaliza” la ampliación de la lectura de género (más allá de la cuestión de la mujer) y establece una normativa clara que marca un punto de inflexión en políticas de estado.

Los 90 fueron una década de promoción del pensamiento único, globalizado, sobre los beneficios de la regulación automática del “libre mercado”, que vendría a reemplazar al Estado en la mayoría de los ámbitos de injerencia, a partir de la “caída” del otrora bloque socialista soviético. Por ello resulta particularmente notorio que se produjeran tales avances en estas temáticas, desde las cuales se establece un marco de acción política específica con el estado como organizador y garante de estas medidas. Resultado de años de discusión y trabajo sobre los derechos humanos?; consolidación de una apertura con inclusión social de las minorías discriminadas?; o resabio de la globalización debido al avance de las comunicaciones y el surgimiento de la internet, con la incorporación definitiva de todos los nuevos actores que pudieran formar parte del nuevo usufructo que “el mercado” explotaría a su beneficio?.  Preguntas válidas dada la orientación política que desde aquellos tiempos ha tomado el marco de la organización social. Nuevos vocablos que se incorporan al discurso cotidiano como si siempre “hubieran estado esperando allí”, para ser encontrados por los “nuevos ungidos”; cliente, eficiencia, costo-beneficio, lo que el mercado quiere (como si fuera una entidad en sí misma y no la sumatoria de intereses de poder de minorías dominantes) calidad total, la idea de todo medible y evaluable bajo las mismas premisas que por sí mismas se tornan transculturales, etc. Demarcaciones provenientes del área “elegida”, la economía (eufemismo de sistema capitalista neo-conservador) y trasladados sin más a esferas tan disimiles como la salud y en particular la salud mental. El lugar prioritario de los medios de comunicación, que venden las nuevas recetas de aquello que “hace bien” y/o “mal”, rediseñando y transculturizando los espacios individuales y sociales, mientras hiperponderan el entretenimiento y las “hazañas deportivas”, ambas protagonizadas por los nuevos nobles, nuevos ricos (periodistas / conductores  / actores y deportistas profesionales), que traen reminiscencias de los otrora Juegos del Coliseo romano, que el Emperador de turno, en su gracia de satisfacer a la plebe y consolidar su lugar político para continuar ejerciéndolo a piacere, organizaba cada tanto. Parecería no tener mucho que ver con los antiguos conceptos de libertad e igualdad, por ej. aquellos que sostenía la revolución francesa y que cada tanto son revisados, ampliados o acotados por los movimientos sociales que surgen en los distintos tiempos, algunos avalados otros aplastados.

Desde este marco resulta conducente la pregunta que se hace A. Alvarez; (10) “que integramos cuando integramos la igualdad?” , o mejor aún; “que es la igualdad de género?”. No es un concepto único, ni de significación uniforme, ni objetivo, y agrega; “……dicho concepto es polisémico…. puede haber diferentes ideas sobre qué es y cómo alcanzarla…. su contenido está lejos de ser consensual y homogéneo…. existen diferentes respuestas…”. Se trata también de cuestionar la existencia de una única norma, de un único parámetro desde donde partiera la mirada hacia la igualdad, el parámetro histórico masculino, “…. no es un elemento dado ni una mera descripción de hechos objetivos, sino que son socialmente construidos”. La realidad se construye a partir de la mirada que se tenga sobre ella, no se trata de una única verdad que se describa con mayor o menor exactitud, sino que implica tantos marcos interpretativos como actores que la conformen.  Los problemas no preexisten en sí mismos por fuera de estas miradas que los definen como tal y los representan. De allí que, ya en esta última década, luego de la  Declaración del Milenio y de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM -2000) Naciones Unidas haya conceptualizado el concepto de género ligado; “…a la construcción social y cultural que organiza nociones sobre aquello que sería “propio” de lo masculino y de lo femenino a partir de la diferencia sexual. El género es una categoría construida, no natural, que atraviesa tanto la esfera individual como la social. No se trata, entonces, de una configuración identitaria que afecta exclusivamente a las decisiones individuales de las personas relacionadas con sus modos de vivir la femineidad o la masculinidad, sino que influye de forma crítica en la división sexual del trabajo, la distribución de los recursos y la definición de jerarquías entre hombres y mujeres en cada sociedad. En suma, la construcción social y cultural de las identidades y relaciones sociales de género redunda en el modo diferencial en que hombres y mujeres pueden desarrollarse en el marco de las sociedades de pertenencia, a través de su participación en la esfera familiar, laboral, comunitaria y política. De este modo, la configuración de la organización social de relaciones de género incide sustantivamente en el ejercicio pleno de los derechos humanos de mujeres y varones”. (11)

Se hace indispensable la implementación de un Mainstreaming participativo, de integración, que incluya no solo a las mujeres, sino a todos aquellos grupos que, como lo denominó Crenshaw, se intersecten en el cruce de múltiples desigualdades (género y orientación sexual, genero y clase, etc.). Esta interseccionalidad complejiza aun más el hallazgo de una concepción de igualdad que en verdad los contenga a todos.

“Indudablemente, afirmar que los derechos son iguales para todos no supone que las personas sean idénticas entre sí ni que tengan las mismas posibilidades para el desarrollo social y personal. Tampoco implica que las condiciones de ejercicio de estos derechos estén dadas para todos en igual medida. Ni siquiera oculta que existen barreras que hacen que algunos grupos encuentren mayores obstáculos que otros. Precisamente, o más bien justamente, la idea de igualdad –en este caso, de género– remite a la necesidad de equiparar las diferencias entre las personas y sus circunstancias bajo un parámetro de dignidad mínima, común para todos. Permite ver y cuestionar la existencia de desigualdades en el ejercicio de derechos como parte de un proceso producido social e históricamente y, por lo tanto, invita a identificar oportunidades y herramientas para la equiparación en el ejercicio de estos derechos. Al mismo tiempo, el principio de igualdad y no discriminación reconoce las diferencias entre sujetos, que surgen, por ejemplo, a partir de la diferencia sexual entre hombres y mujeres”. (PNUD)(12)

Diferencia primera, inaugural en el contexto del nacimiento, nena o nene. Y siempre la cuestión de la diferencia ha provocado reacciones contravenidas. Mientras unos pueden aprovecharlas, nutrirse de ellas, creciendo y evolucionando a otros le genera temor, impotencia, agresión, deseo de extinguirlas o subordinarlas.

En tanto recorremos como sociedad el tiempo necesario para procesar emocionalmente estos nuevos constructos, en pos del hallazgo de “igualdades mininas que contengan a todos”, tendremos que aprender ya no solo a tolerarlas, sino a incorporarlas en el imaginario de nuestra existencia.

“Siempre habrá una brecha, la diferencia, que en términos de identidad sexual ya ni siquiera se reduce a hombre y mujer; también están los transexuales, lesbianas, gays, queer y quien sabe cuantos más….siempre habrá diferencia. Se trata de vivir con eso. Hay mucho por construir en el camino hacia una relación más armónica entre los sujetos, hacia un sistema donde puedan coexistir las diferencias individuales” (13) en un marco equitativo de poder.

 

Notas

  1. Trezza, Fernanda. “Raíces de la Violencia. Un estudio para pensar la cuestión de la diferencia”. Pag.17
  2. Idem. Pág. 16
  3. Alba A. Alvarez. “El Mainstreaming de género y sus nuevos desafíos: repensando el concepto de igualdad(es)”. Pag.1
  4. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).” Desafíos para la igualdad de género en la Argentina”. Parte 1, Cap.1.3 Género y Desarrollo Humano. Pag.23
  5. Idem (4)
  6. Idem (4) Cap.1.1 La igualdad de Género como problema de Derechos Humanos. Pág. 15
  7. Idem (6) Pág. 16
  8. Idem (6) Pag.17
  9. Idem (3) Pag.4

(10)Idem (3) Pags. 1 y 5

(11)-(12) Idem (4)

(13) Idem (1). Pag.18

 

Bibliografia

 

* Alba A. Alvarez. “El Mainstreaming de género y sus nuevos desafíos: repensando el concepto de igualdad(es)”. Revista del Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo (CLAD), Reforma y Democracia Nº47, Caracas, Junio 2010.

 

*Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).” Desafíos para la igualdad de género en la Argentina”.Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, 2008.

 

* Trezza, Fernanda. “Raíces de la Violencia. Un estudio para pensar la cuestión de la diferencia”.  Revista Actualidad Psicológica,  Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, Mayo 2012.

Diseño y desarrollo BarcoDG